
NEUROLÚDICA (Necesidad-Motivación-Oportunidad): Bases cerebrales del juego como modulador de procesos innovadores y creativos
Por Roberto M. Paterno y Daniel H. Deu

Aunque por mucho tiempo se creyó que el juego era principalmente un comportamiento propio de los niños, niñas y adolescentes, hoy se sabe y reconoce que sigue siendo importante en la adultez. En los adultos, jugar es una necesidad biológica y evolutiva que hace que el encéfalo se mantenga activo y saludable, desarrollando la plasticidad cerebral (capacidad del sistema nervioso, como una respuesta adaptativa, para modificar su estructura y funcionamiento a lo largo de la vida).
Cuando un adulto se sumerge en un tipo de juego, como es el caso de la Neurolúdica [Necesidad-Motivación-Oportunidad], se activa una compleja red neuronal. Esta red transforma la estructura cognitiva y afectivo-emocional haciendo que despierten a su vez los “circuitos de la creatividad” (entendiendo por creatividad la habilidad de producir algo nuevo, útil y de calidad; requiriendo, para ello, combinar el pensamiento divergente al inicio y el convergente al final para lograr la mejor solución a un problema determinado).
La actividad Neurolúdica N.M.O, se basa en la participación dinámica de varios sistemas del cerebro relacionados con la cognición, la emoción, la creatividad, la recompensa y la motivación intrínseca.
Los principales sistemas encefálicos implicados en el juego son: el sistema de recompensa (asociados al placer y la motivación), el sistema límbico (clave en las emociones y memoria), el sistema motor (corteza motora y cerebelo), el sistema sensorial (corteza parietal y occipital) y el sistema ejecutivo (corteza prefrontal).
Sobre la base mencionada anteriormente, la propuesta de la Neurolúdica N.M.O. se estructura como un constructo integrador que articula los saberes de las neurociencias (especialmente las conductuales), el aprendizaje y el juego.
Algunas evidencias científicas recientes con enfoque neuroeducativo, muestran que el juego con base en las neurociencias, permite el desarrollo y entrenamiento de las llamadas funciones ejecutivas frías (cognición) y cálidas (recompensa, emoción y motivación intrínseca). Estas funciones neuropsicológicas, con un sustrato neuroanatómico principal en la corteza prefrontal, permiten ajustar el razonamiento, la planificación, la resolución de problemas, la anticipación estratégica, la regulación emocional, la valoración de recompensas y los riesgos asociados a la toma de decisiones.
De acuerdo con el enfoque precedente, el trabajo impuesto por medio del juego permite maximizar el conjunto de habilidades mentales que posibilitan el establecimiento de metas y la organización de los pasos necesarios para alcanzarlas optimizando mucho el rendimiento.
Cuando los jóvenes y adultos juegan, siguiendo el planteo modélico de la Neurolúdica N.M.O., el cerebro libera dopamina (mediante la activación de su sistema de recompensa) y endorfinas (a través de la hipófisis y del hipotálamo, actuando como mensajeros del sistema de recompensa) que potencian el aprendizaje, la imaginación y reducen los niveles de distrés.
La actividad neurolúdica planificada para los adultos, es un mecanismo vital para proteger y desarrollar la reserva cognitiva (concepto neuropsicológico que se refiere a la tolerancia psíquica frente a los cambios cerebrales fisiológicos relacionados con la edad) y la reserva cerebral (concepto ligado a la reserva cognitiva, que se refiere a las capacidades de reserva relacionadas con la estructura misma del telencéfalo). La reserva cognitiva se refiere entonces, a una mejora funcional en lugar de estructural y se ha asociado con una amplia variedad de factores físicos, intelectuales, emocionales, sociales y contextuales que se presentan en la vida diaria de una persona a lo largo del ciclo vital.
En esta línea de pensamiento, parece que el juego con base en las neurociencias, preserva y activa las dos vías de reserva cognitiva: la de prevención y los mecanismos de compensación; como, así como también la vía pasiva y activa de la reserva cerebral.
Se puede decir que la persistencia del juego a través de la evolución de las especies (sobre todo en la humana) tiene relación con una aportación de ventajas para la supervivencia individual y grupal. Detrás de todo comportamiento, y el juego es un comportamiento particular, hay un cerebro. Un cerebro cuya función social es garantizar la adaptación al contexto, propiciar la conexión emocional y facilitar la cohesión grupal.
En resumidas cuentas, la neuropsicología reconoce cada vez más la importancia relevante del juego con base en las neurociencias contemporáneas (Neurolúdica N.M.O.), como mediador activo del desarrollo de las redes neuronales distribuidas, asociadas con la cognición, emoción, recompensa, creatividad y socialización (cooperación social).
Por otro lado, los datos de las investigaciones psicológicas son concluyentes, se debe seguir desarrollando y manteniendo el juego (actividad compleja) a lo largo de todo el ciclo vital con la finalidad de equilibrar adecuadamente el rendimiento cognitivo-afectivo y el bienestar general de las personas.
En conclusión, queremos decir que el cerebro y la actividad lúdica se relacionan de una forma interactiva y dinámica. Desde esta óptica, se asume que el juego tiene una base neurobiológica (es el resultado del sistema nervioso); pero, al mismo tiempo, el juego puede modificar la estructura y el funcionamiento del cerebro. Esto es, sin lugar a dudas el planteo central y más importante de la Neurolúdica N.M.O.




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