Perder la calle

Lo que ocurre en el espacio público patentiza los cambios que agitan el corazón de la sociedad. Cuerpos que aparecen y desaparecen, que vuelven a aparecer, que se resisten a irse: son la expresión de aquello de lo que no da cuenta una narrativa cada vez más divorciada de la sangre.
POLÍTICA 09 de octubre de 2025
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Hubo que montar un operativo de seguridad bastante fuerte para la visita de Javier Milei en Mar del Plata.

Hubo que montar un operativo de seguridad bastante fuerte para que el presidente de la Nación, Javier Milei, pudiera hacer su caminata por el centro de Mar del Plata, pero aun así la postal es la de un fracaso: acotada en su intención a apenas una cuadra, abortada a los pocos metros por la imposibilidad de moverse y terminada luego de tres minutos sobre una camioneta que partió casi arrojando al suelo al principal candidato, la recorrida se evidenció como una puesta en escena absurda, un espejismo en medio de una ciudad que hacía saber su rechazo.

Salir a la calle a hacer campaña, para el Presidente y los suyos, es una aventura riesgosa. Allí adonde va Milei aparecen manifestantes deseosos de expresar su repudio a la presencia del mandatario. En Tierra del Fuego tuvo que suspender su recorrida por la hostilidad patente en las calles. En Santa Fe, también. En ambos casos terminó hablando con sendos grupos de seguidores en la puerta del hotel donde se alojaba. Lo de Mar del Plata salió más o menos bien porque a los manifestantes los atajaron primero los uniformados.

Antes que eso tuvo lugar la tristemente célebre caravana por Lomas de Zamora, la de la piedra y el brócoli. Esa tarde, también desde arriba de una camioneta, el Presidente y los candidatos no tuvieron mejor idea que responder a la gente enojada con insultos y desprecio. Así les fue.

No sólo le pasa a Javier. Karina Milei y Martín Menem tuvieron que abortar una recorrida por Corrientes pensada para apoyar al candidato de La Libertad Avanza en la provincia. Ambos debieron meterse a un auto y partir raudamente cuando la cosa empezó a desmadrarse. Terminó en batalla campal, ya con ellos fuera de peligro.

Lo que ocurre en las calles es el reflejo de lo que ocurre en otros ámbitos. Pero también es más. Los cuerpos presentes y actuantes en el espacio físico patentizan los cambios que se dan en el corazón de la sociedad y de los que no dan cuenta las narrativas del gobierno ni de los diferentes espacios de oposición. Los discursos buscan apropiarse de la reacción pública, interpretarla de modo que dé réditos, pero siempre algo queda afuera.

En aquella tarde lomense, José Luis Espert tuvo que huir en moto. Ahora acaba de huir de sus dos espacios de relevancia institucional: primero se bajó de la candidatura y después se tomó licencia de su banca de diputado. No fue esa huida sobre ruedas la que precipitó la otra, pero sí la anticipó. La indignación popular ante la corrupción (que en aquel momento hacía foco en Karina) se tradujo en pies pisando la avenida, en ramas de brócoli arrojadas al aire, también en una piedra bastante pesada cuyos efectos físicos, de dar en el blanco, habrían sido contundentes. Es la corrupción, o al menos la apariencia de corrupción, la que se llevó puesto a Espert, chupándolo de su espacio de poder.

En los días de la pandemia de COVID-19, cuando la desesperanza y el miedo al virus se combinaban en un cóctel letal con la ineficacia de un gobierno de otro signo, en el peronismo lamentaban haber “perdido la calle”. El movimiento nació de una escena poderosa, grabada a fuego en la historia del país, que tuvo lugar precisamente allí, en la calle, que pasó por encima de las elucubraciones y prevenciones de los actores políticos y sindicales para imponer la fuerza de los cuerpos en el espacio. El virus obligaba a sustraerse de ese espacio, a encerrar los cuerpos, a apartarlos unos de otros. En ese contexto, e impulsada por esas mismas restricciones, explotaba otra forma de presencia: la “calle online”, la de las redes, dominada por los adversarios del peronismo.

Pero el análisis no estaba completo. La irrupción de Milei y del movimiento libertario se dio al calor de encuentros en la calle literal, en el espacio público que ocuparon en abierto desafío a las medidas de contención, rebelándose contra la cuarentena y proclamando la primacía de la libertad de los individuos contra la maquinaria aplastante del Estado. Estaban ahí, en las calles. Así se fueron conociendo y así aparecieron a la vista del gran público. Se apropiaron del ámbito físico del que el peronismo se había retirado.

Hoy es el gobierno el que ha perdido la calle. Los tiempos y las formas son diferentes, es otro el drama que impulsa a los cuerpos a salir y manifestarse. La ira que se expresa en cada ciudad a la que Milei viaja para hacer campaña es una ira que brota de la sangre: el calor de las venas abiertas que no quedan asentadas en el Excel. Es un hartazgo que no se contenta con tomar la forma de una opinión privada sino que busca hacerse presente allí donde aparezcan el Presidente, sus funcionarios y sus candidatos.

Pero no es precisamente que el peronismo haya vuelto a ocupar el espacio. Al contrario, esa es la lectura alucinada del gobierno, que en cada contratiempo identifica una operación kuka. No, el peronismo sigue bastante perdido y sus esfuerzos por “volver a enamorar”, como dijo alguna vez Cristina Fernández, no están teniendo el éxito buscado. Fuerza Patria ganó las elecciones, pero no ha ganado las calles todavía, ni los corazones.

Hace una entrada tardía en este texto otra observación: el gobierno libertario ha maltratado a la calle que le dio nacimiento. Mejor dicho, ha maltratado a los cuerpos que allí aparecen. Ha golpeado, empujado y gaseado. Una y otra vez. Y no está dispuesto a dejar de hacerlo.

Las batallas del gobierno se pelean en diversos ámbitos: en el de las finanzas, en el del marketing electoral, en los medios de comunicación y las redes. Pero también se pelean en la calle. Allí, como en otras partes, la cosa se le pone difícil. Un poco por errores de lectura y otro poco porque no cabía otra posibilidad ante tanto ajuste.

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