
Lo peor ¿ya pasó?
Maria Herminia Grande
La primavera llegó herida para el presidente Milei. Un gobierno sin rumbo y con el mercado que otra vez le soltaba la mano a su ministro de Economía Luis Caputo. La primera vez fue en el gobierno de Mauricio Macri. Caputo le dijo al ex Presidente “el mercado ya no nos acompaña, vayamos al FMI”.
La semana pasada el ministro le dijo al actual Presidente “hagamos valer la importancia geopolítica que representamos para Estados Unidos en Latinoamérica. Vayamos a ver a Trump”. Hacia allá fueron con una debilidad extrema. Milei había agotado toda su dureza con la legión de vulnerables sobre la que él y su gobierno se ensañan. Y fue a pedir al mayor Estado (parece que el norteamericano no es malo al igual que los Estados que componen el FMI: estos son sanos, no aptos para motosierra, ni para topos que lo destruyen), socorro. Nunca la potencia del Norte la tuvo tan fácil.
Recapitulemos. Entre el viernes 20 y el martes 24, el gobierno argentino acudió a la baja de retenciones para aguantar el chubasco hasta ver si el “amigo” Trump, lo salvaba. Aquí lo interesante. Esta medida se extendió por tres días, porque los propios sectores agrícolas norteamericanos, le hicieron conocer a su gobierno la disconformidad sobre el préstamo de dinero a sus competidores. Milei rápidamente repuso las retenciones. (La disconformidad en Argentina la tienen los productores). Aquí es necesario recordar lo expresado hace veinticinco años atrás –todo se repite-, por el representante del Tesoro de EEUU de entonces Paul O¨Neill cuando declaró: “estamos trabajando para crear una Argentina sustentable. No una Argentina que consuma la plata de los plomeros y carpinteros que ganan U$S 50 mil al año y nos preguntan ¡qué diablos estamos haciendo con su dinero!”.
Donald Trump está a punto de comenzar el período del pato rengo, por ello es muy probable que le indique al genuflexo Presidente argentino que su gobierno debe ser democrático y cuidar lo institucional, donde el Congreso es clave, dado que será la garantía –para el gobierno norteamericano- de que la nueva deuda sea legítima y ejecutable.
Lo cierto es que el gobierno anarcocapitalista no tiene nada que festejar, al igual que el país que gobierna.


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