Viajar sin mapa

La Argentina vive en estado de excepción y en la provincia de Buenos Aires empieza la temporada de los dolores de cabeza. La incógnita de qué ocurrirá con el presupuesto nacional se reproduce en territorio bonaerense con ingredientes propios. Una oposición que presiona y un oficialismo dividido cuyos antecedentes en la materia no auguran un panorama tranquilo.
POLÍTICA 25 de septiembre de 2025
Letra P
Imagen: Letra P

Todos los presupuestos son un dibujo, en el mejor o el peor sentido de la palabra. Esto no se limita a las previsiones de ingresos y gastos que formulan los gobiernos nacionales, las provincias o los municipios; también las empresas privadas practican este arte, por no hablar de los albañiles, plomeros y demás.

En definitiva, lo que aparece en operación es una cuestión que excede a la política y a la economía y se adentra en un terreno metafísico: es imposible conocer el futuro, y por lo tanto cualquier intento de retratarlo en unas cuantas columnas de números es una ilusión, un autoengaño.

Dicho esto, se pueden observar varias cosas. La primera es que, como ocurre con toda promesa, atenerse o no atenerse a lo que indica un presupuesto es una posibilidad cuyo grado está ligado al nivel de poder de quien lo presenta. Es casi imposible para un freelancer aumentar el precio de un servicio contratado si aparecen dificultades en el camino que justifiquen el incremento (una de las tragedias del monotributista); un albañil tendrá menos empacho en hablar de costos de materiales para subir un escalón sus pretensiones cuando ya te llenó la casa de polvo y todo está a medio hacer; una constructora que ganó una licitación para una obra pública contará con más margen de maniobra para negociar una redeterminación del precio si las condiciones de la economía cambian; y en el tope de la escala, los gobiernos pueden manejarse con extremada impunidad al delinear las metas del año en cuanto a gastos, recursos y variables macro. Por eso es que Javier Milei puede enviar al Congreso un proyecto que estima que el dólar estará a fines del año que viene más barato que hoy, y que la inflación será drásticamente inferior que este año a pesar de que ya viene aumentando. Es porque es el Presidente.

Otra observación que viene al caso es que, si bien no se puede esperar que un presupuesto se realice al pie de la letra, su propia composición es útil para determinar la clase de cosas que quien lo propone considera importante hacer. La inclusión o exclusión de ciertos ítems en un presupuesto nacional o provincial es en ese sentido más importante que el monto previsto. Todo es más bien provisorio, las partidas pueden reasignarse según sea necesario, pero lo importante es que estén allí en primer lugar.

El momento en que un gobernante presenta un presupuesto para el año por venir es, entonces, un momento en que tanto el gobernante como sus oponentes disputan la agenda de temas y problemas. Es el gobernante quien lanza la pelota al decir Esto es lo que hay que hacer y ésta es la plata que hay que asignar a cada cosa; a la oposición le toca atacar esa postura, cuestionar las prioridades y traer a colación lo que el oficialismo olvida o elige no considerar.

En este sentido, la resolución de un presupuesto, y con esto nos referimos a su aprobación tal como viene o con las modificaciones impuestas por la disputa política, define el tenor de un momento del país o territorio, cristaliza la visión colectiva sobre las cosas públicas y marca un camino tentativo a recorrer durante los doce meses siguientes.

Se pueden presentar muchos problemas a lo largo del camino o directamente desde el inicio, como viene sucediendo en la Argentina, donde tanto el gobierno nacional como el de la provincia más importante (Buenos Aires) vienen manejando el timón sin tener siquiera un presupuesto aprobado. La ley marca que en estos casos se trabaja con una prórroga del presupuesto del año anterior (lo que a nivel nacional ya ocurrió dos veces y podría volver a ocurrir), pero si el presupuesto del año corriente es un dibujo, los formulados en años anteriores ya pueden considerarse trazados en el aire, o para decirlo de otra manera, entran directamente en la categoría de humo.

¿A quién le conviene que no haya presupuesto? La disputa en la provincia de Buenos Aires, que el año pasado quedó irresuelta tras largos meses de frustraciones, suele interpretarse en clave de dificultad para el gobierno de Axel Kicillof: el propio gobierno insiste en que es vital el apoyo de propios y ajenos para contar con esa herramienta, y la prensa lamenta la intransigencia de quienes no se avienen a apoyarlo o hace hincapié en la debilidad de su administración y su imposibilidad para generar consenso, según el caso. Sin embargo, en el caso de Milei, tan dispuesto a llevarse por delante las convenciones, el hecho de gobernar sin presupuesto es visto como una fortaleza: supone una amplia libertad para hacer lo que le venga en gana con los recursos del Estado, ya que implica la necesidad de redibujar todo el tiempo el mapa de asignaciones.

Es este mapa el que queda desdibujado por la ausencia de un presupuesto sobre el que trabajar. Ahora que Milei envió al Congreso su dibujo, la oposición en la provincia de Buenos Aires le reclama a Kicillof que les mande el suyo. Quieren saber en qué piensa gastar la plata el gobernador. Desde el radicalismo argumentan que no tener un presupuesto para analizar implica no poder discutir los temas que consideran importantes, como la previsión de obras públicas o el estado de la obra social estatal, que reputan como calamitoso. La demora en presentar el proyecto invisibiliza estos temas, porque niega la base para discutir cómo se van a abordar, dicen.

En este sentido es Kicillof el que tiene la manija, por decirlo de algún modo. El tremendismo con que se presentaba el año pasado la discusión tan trabada por la asignación de recursos (que, repitamos, jamás se destrabó) contrasta fuertemente con la tranquilidad con que su gobierno tomó las cosas una vez que fue evidente que el proyecto no iba a pasar. Ya que no tenemos presupuesto, nos dedicaremos a reasignar partidas según lo veamos necesario, dijeron on the record y off the record en aquella ocasión. En ese sentido no es que la oposición le quitó una herramienta a Kicillof, sino más bien al revés: el gobernador despojó a sus críticos de una herramienta para pedirle cuentas.

Pero es en el oficialismo, más bien, que anida el problema para el gobierno. Para la inconclusión de la disputa presupuestaria del año pasado en la Legislatura bonaerense fue central la áspera riña al interior del propio peronismo, con intendentes de La Cámpora objetando agriamente algunos aspectos del proyecto oficial y exigiendo cambios aun con más fuerza que los opositores. Y ahí se evidencia esa debilidad real, palpable, que implica la imposibilidad de obtener un consenso, de cerrar filas entre los propios. El problema para Kicillof no es tanto qué hacer con la plata como qué hacer con la tropa.

Este año el gobernador se encuentra fortalecido por un triunfo electoral que no lo tuvo como candidato pero sí como actor central, principalmente a partir de su decisión (en contra de lo que quería el cristinismo) de desdoblar los comicios provinciales respecto de los nacionales. Está por verse si la oposición interna, que salió inmediatamente a cuestionarle ese mérito, está dispuesta a unificar criterios en el debate presupuestario en lugar de complicarlo como la última vez.

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