Insolito hábito de festejar lo obvio y tolerar lo insuficiente

En campaña, la política argentina convierte en gestos extraordinarios lo que son deberes básicos: presentar un presupuesto, no radicalizar discursos o aumentar partidas para educación y salud. Pero la reciente derrota legislativa del oficialismo, al no poder blindar los vetos presidenciales a las leyes de emergencia pediátrica y financiamiento universitario, mostró que el problema ya no es solo comunicacional: la “institución invisible” de la confianza, clave para sostener liderazgos y economías, comenzó a resquebrajarse. La democracia exige más que propaganda de lo obvio; exige resultados que fortalezcan credibilidad.
POLÍTICA 18 de septiembre de 2025 Rubén Zavi y Jimena Politino
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Cuando lo básico se vuelve excepcional 

En cada campaña electoral, la política argentina repite un ritual que merece ser analizado con lupa: los dirigentes, tanto legislativos como ejecutivos, presentan como logros lo que en realidad son deberes básicos de la institucionalidad. Se celebra desde hablar con vecinos, cumplir con la limpieza, mantener ordenada una ciudad, como también la presentación de un presupuesto, el ejercicio de controles entre poderes, la sanción de leyes, un discurso menos radicalizado o incluso el aumento de partidas destinadas a educación, salud, jubilaciones y discapacidad. 

Desde la comunicación política, este fenómeno es problemático. Porque al convertir en hitos lo que debería ser rutinario, se baja el estándar de exigencia ciudadana: festejamos lo obvio y toleramos lo insuficiente. 

Mario Riorda, en su reciente artículo publicado en Perfil, recuerda que hemos llegado a un punto en que valores antes sobreentendidos deben ser reivindicados como si fueran conquistas extraordinarias: 

“De los consensos que dábamos por sobreentendidos: Tolerancia y diálogo para resolver conflictos. Pluralismo y diversidad para lograr la mejor convivencia posible. Estado de derecho para que la ley sea aplicada de manera justa y equitativa, empezando por las libertades civiles. Equilibrio de poderes para evitar la imposición asimétrica de alguno de ellos y un saludable ejercicio de contrapoder mutuo. Respeto por los derechos humanos, especialmente para garantizar la libertad de expresión, el acceso a la información y la igualdad de oportunidades. Transparencia y rendición de cuentas para que haya responsabilidad ante la ciudadanía. Y participación activa de la ciudadanía como fuente de legitimación, empezando con el sufragio y la chance de competitividad partidaria, así como el derecho a la protesta.” 

La cita es contundente: tolerancia, pluralismo, respeto por los derechos humanos o equilibrio de poderes no son gestos de campaña; son la base mínima de la vida democrática. 

El costo económico de los gestos políticos 

En la Argentina, la política no sólo construye relatos hacia la ciudadanía: también habla hacia los mercados. Y en ese lenguaje, lo que se dice —y cómo se dice— tiene consecuencias concretas sobre el dólar, el riesgo país, la tasa de interés y las expectativas de inversión. 

La dimensión económica de los gestos políticos es, en definitiva, una cuestión de credibilidad. Cuando la política convierte deberes básicos en hitos, no solo baja el estándar ciudadano: también erosiona la confianza de quienes invierten en el país. Y la confianza, en economía, es un capital tan valioso como escaso. 

El mensaje de Javier Milei en la presentación del presupuesto funcionó como una señal política que fue leída con cierto optimismo por los mercados. Bonos y acciones mostraron una recuperación inicial, que podía interpretarse como un voto de confianza. Pero esa expectativa duró poco.

Presupuesto 2026: proyecciones optimistas, riesgos reales 

El Presupuesto 2026 se presenta como un “blindaje fiscal”, con una regla clara: si la economía crece y la recaudación mejora, se reducen impuestos; si la recaudación cae, se ajustan partidas de gasto discrecional. El problema es que dentro de ese gasto se encuentran áreas sensibles como salud y educación, lo que pone a prueba el verdadero alcance social del ajuste. 

Las proyecciones macroeconómicas resultan difíciles de sostener frente a la evidencia reciente. El Gobierno estima un crecimiento del 5,4% en 2025 y 5% en 2026, cifras que superan ampliamente las expectativas privadas. En materia de inflación, el presupuesto prevé un sendero descendente abrupto: 1% mensual en 2025 y 0,8% en 2026, cuando la dinámica de precios todavía muestra una inercia muy superior. 

Más llamativo aún es el supuesto sobre el tipo de cambio: se proyecta un dólar de $1470 a diciembre de 2027, el mismo nivel que hoy, pese a que el propio Presupuesto reconoce un déficit comercial de casi USD 16.500 millones. 

En definitiva, el presupuesto parece construido sobre un delicado equilibrio de supuestos optimistas: exportaciones récord, inflación que baja de golpe, dólar inmóvil y un superávit que depende del ajuste en áreas clave del gasto público. La pregunta de fondo es si, al igual que en el discurso político, no se está celebrando más un relato que una hoja de ruta realista. 

La debilidad de la “institución invisible” 

La derrota que sufrió el oficialismo en la Cámara de Diputados al no lograr blindar los vetos presidenciales sobre la emergencia pediátrica y el financiamiento universitario expuso otra dimensión crítica: la erosión de la confianza. 

Julio María Sanguinetti ha llamado a ese intangible decisivo “la institución invisible”. La confianza es el crédito que disfrutan los liderazgos cuando inspiran expectativas positivas. La relación de Javier Milei con una parte de la sociedad comenzó a enviar señales en sentido contrario, algo que ya registraban indicadores como el Índice de Confianza en el Gobierno y el Índice de Confianza del Consumidor de la Universidad Torcuato Di Tella, con caídas notorias en los últimos meses. 

Para La Libertad Avanza, carente de gobernadores, intendentes, sindicatos o un aparato parlamentario sólido, ese capital simbólico resulta vital. Depender de la expectativa ciudadana es depender de un recurso tan volátil como el humor social. La sesión de Diputados mostró que esa expectativa se resquebraja: legisladores que antes acompañaban pasaron a abstenerse o incluso a votar en contra, dejando al oficialismo aislado. 

La coincidencia temporal agravó el efecto: mientras el dólar oficial tocaba por primera vez el techo de la banda de flotación, el Congreso enviaba un mensaje político de debilidad.

Mercado y Parlamento, en espejo, pusieron en cuestión la credibilidad del experimento mileísta. Y sin confianza, ni los números del presupuesto ni las promesas de campaña logran sostenerse. 

¿Cuál es el desafío? 

El desafío consiste en recuperar un estándar más alto de exigencia cívica: que la transparencia, el diálogo, el equilibrio de poderes, el respeto por los derechos humanos y la inversión social dejen de ser slogans de campaña y vuelvan a ser prácticas permanentes de la vida institucional. 

Porque la democracia no se celebra en cuotas ni en gestos aislados: se defiende cada día en el cumplimiento integral de las responsabilidades que le hemos delegado a nuestros representantes. Y porque, sin confianza —ese cemento invisible—, ni la política ni la economía logran sostenerse.

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