
La vice, la vice y la vice

Ni siquiera hizo falta que Victoria Villarruel emulara aquella decisión de Julio Cobos, en 2008, cuando votó contra los deseos de Cristina Fernández de Kirchner, para que el presidente de la Nación, Javier Milei, la calificara de “bruta traidora”. Alcanzó con que habilitara la posibilidad de que votaran otros y le pusieran, así, un límite al gobierno. Una función institucional insoslayable, dice ella; una traición, insiste él. Lo cierto es que la relación entre el mandatario y su vice es complicada casi desde el inicio de la gestión de ambos; hay quienes dicen que desde antes.
No es una excepción, y sobran botones de muestra, entre los cuales el ya mencionado de Cobos traicionando la voluntad de CFK ni siquiera es el más espectacular. Al contrario, basta con remontarse a unos años más atrás para encontrar el momento más notable de quiebre entre un presidente y un vicepresidente. Fue hace ya casi un cuarto de siglo, a fines de 2000, cuando Carlos “Chacho” Álvarez anunció públicamente su renuncia e inició, así, el camino hacia la debacle del gobierno de Fernando de la Rúa.
De hecho, desde la vuelta de la democracia, en 1983, las relaciones entre presidentes y vicepresidentes han sido casi siempre conflictivas, empezando por la competencia entre Carlos Menem y Eduardo Duhalde, debido a las aspiraciones presidenciales del vice. Daniel Scioli, que siguió el mismo camino que Duhalde “bajando” o “subiendo” (según se mire) de la Casa Rosada a la Gobernación bonaerense, también mantuvo una relación tensa con Néstor Kirchner y luego con Cristina. (Scioli había iniciado su andadura en el menemismo; hoy volvió al rebaño como funcionario en un puesto similar en el gobierno libertario. Su elección para acompañar a Kirchner en la fórmula fue un compromiso, como lo fue luego la de Cobos. Quizás echar mano de un opositor para ese cargo no sea la mejor idea.)
Amado Boudou, Gabriela Michetti y Víctor Martínez son los únicos vicepresidentes de este tramo democrático que no mantuvieron una relación demasiado tensa con los presidentes a los que secundaban. A Cristina le tocó ser vice después de haber sido presidenta dos veces y de haberse convertido en la figura más convocante de la política argentina, lo que resultó una condena para Alberto Fernández, cuyo gobierno no naufragó exclusivamente por ese factor, pero sí se encontró condicionado desde el día uno por la presencia de una segunda tan poderosa.
Victoria Villarruel, cuya carrera política tuvo un inicio reciente en términos institucionales pero que siempre estuvo ligada a los temas políticos desde el lado más oscuro posible, llegó a la vicepresidencia con una agenda marcadamente diferente de la de Milei. Fue desairada casi de inmediato, cuando Patricia Bullrich y Luis Petri se hicieron cargo de las dos áreas que le habían sido prometidas (seguridad y defensa respectivamente), pero también logró meter cuña de maneras extrañas en la agenda del gobierno, como con los videos oficiales por el 24 de Marzo que apoyaban una visión negacionista de los años de la dictadura.
Villarruel ya había logrado imponerle a Milei, quién sabe si por un acuerdo explícito, una línea discursiva antes del triunfo electoral, cuando el por entonces candidato desarrolló, en un debate televisivo, la línea de defensa de la dictadura ya antes esgrimida por Emilio Massera. Es una agenda que no es propia de Milei, sólo interesado en la economía o en una parte de ella, pero al correr de los meses el gobierno fue tomando un sesgo negacionista y de ataque a los derechos humanos que mayormente no se debió a la acción de Villarruel sino, quizás, a la necesidad de Milei de ocupar ese espacio para que no lo acaparara su vice.
No se sabe bien si las diferencias en cuanto al rumbo del gobierno son significativas. Milei y Villarruel no lo discuten (no se hablan) y ella tampoco hace ninguna apreciación al respecto. Dicen que su postura nacionalista se choca con el cipayismo expreso del Presidente, que admira a Margaret Thatcher y a Donald Trump, pero no podemos verificar si es así y tampoco importa porque la vicepresidenta no tiene acceso a ninguno de los botones de la botonera. Quedó aislada y su capital es más bien simbólico, como les ocurrió a varios de sus antecesores.
Con los vicegobernadores (y vicegobernadoras) es distinto. Precisamente en momentos e que la relación entre Milei y Villarruel está en su peor momento, el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, eligió a su segunda al mando, Verónica Magario, para encabezar la lista de candidatos en la tercera sección electoral, bastión histórico del peronismo. A Magario le toca un papel difícil: deberá ser la garante de una victoria del peronismo en la provincia, o la cara de la derrota. Es un papel que iba a interpretar la propia Cristina, antes de que la Justicia la sacara del juego.
La relación entre Kicillof y Magario es mayormente armónica, lo que no siempre sucede (Gabriel Mariotto se ubicó más de una vez en una posición divergente de la de Daniel Scioli y así lo hizo saber públicamente). En este momento, eso marca una diferencia más con el gobierno de Milei. No sería extraño que, empeñado en acentuar esa diferencia lo máximo posible, el gobernador haya pensado en poner en el candelero a Magario para marcar el contrapunto. Difícilmente se trate de un factor determinante pero probablemente haya pesado en el análisis del bonaerense. Magario no será Cristina, pero ciertamente tampoco es Victoria.


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