Expoagro: el Gobierno apura al campo mientras expone sus propias contradicciones

La edición 2026 de Expoagro 2026 dejó una escena política que fue mucho más allá de la habitual feria de maquinaria y tecnología agropecuaria. En el predio de San Nicolás, donde cada año se escenifica la alianza histórica entre el poder económico del agro y la dirigencia política, el Gobierno libertario eligió enviar un mensaje directo —y por momentos desesperado— al sector que considera su principal aliado: inviertan ahora. 
CAMPO11 de marzo de 2026
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El pedido no fue menor ni inocente. Desde el escenario, integrantes del equipo económico que responde al ministro Luis Caputo plantearon que “el momento de invertir es ahora” y hasta lanzaron una advertencia cargada de sentido político: “no den por sentado el Presidente que tenemos”.

Más que un llamado a la inversión, el mensaje sonó a una confesión: el Gobierno necesita que el campo actúe como motor de una economía que aún no logra mostrar resultados claros en la actividad real.

Un discurso que mezcla urgencia económica y cálculo político

La intervención de los funcionarios del área económica —entre ellos el secretario de Hacienda Federico Furiase— buscó defender el programa macroeconómico basado en tres pilares: disciplina fiscal, apertura de importaciones y desregulación económica.

Sin embargo, la puesta en escena dejó una paradoja difícil de disimular. El Gobierno pidió inversiones urgentes al sector agropecuario mientras al mismo tiempo reconoce que no habrá baja de retenciones en el corto plazo, uno de los reclamos históricos del campo.

La señal fue contradictoria:

  • se exige confianza,

  • pero no se ofrecen incentivos estructurales inmediatos.

En términos políticos, la escena reflejó el momento delicado del oficialismo. La apuesta del Ejecutivo consiste en que el agro actúe como locomotora de una recuperación económica que todavía no aparece en indicadores de actividad, consumo o empleo.

Expoagro como escenario de la disputa política

Más allá de los discursos económicos, la feria volvió a funcionar como una verdadera pasarela del poder argentino.

En la cena de apertura coincidieron figuras que representan proyectos políticos muy distintos, como el ex presidente Mauricio Macri y el gobernador bonaerense Axel Kicillof, en una escena cargada de tensión que reflejó las fracturas de la política nacional.

El gesto protocolar entre ambos —breve y distante— fue casi una metáfora del clima político argentino: diálogo mínimo, rivalidad permanente y un sector productivo que intenta posicionarse como árbitro del rumbo económico.

Expoagro, en ese contexto, funciona como algo más que una muestra rural. Desde su creación se consolidó como el principal punto de encuentro entre empresarios del agro, bancos y dirigentes políticos, donde se discute el rumbo productivo del país.

El campo como sostén político del modelo

El problema de fondo para el Gobierno es que el vínculo con el campo siempre fue, en Argentina, más político que económico.

Históricamente el sector agropecuario apoyó proyectos de liberalización económica con la expectativa de menos impuestos, menos regulaciones y mayor competitividad internacional. Pero el discurso escuchado en Expoagro deja entrever que el oficialismo espera algo más: que el campo sea también el sostén político de su programa.

El mensaje implícito fue claro:
si el agro invierte y la economía rebota, el Gobierno gana legitimidad;
si no lo hace, el modelo queda expuesto.

La incógnita detrás del entusiasmo

La pregunta que quedó flotando en la feria es si el campo realmente está dispuesto a asumir ese rol.

El sector viene de años de volatilidad macroeconómica, presión tributaria y cambios constantes en las reglas del juego. Por eso, muchos productores escucharon el llamado a invertir con cautela.

Porque en Argentina el problema nunca fue solo la voluntad de producir, sino la previsibilidad política.

Y en Expoagro quedó claro que el Gobierno necesita al campo más de lo que el campo necesita al Gobierno.

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