Jugar para no obedecer: la ternura como acto político

Mientras el mundo premia el rendimiento, castiga el deseo sin formato y convierte el cuerpo en herramienta, hay quienes volvemos al juego como una forma de existencia. No como nostalgia, sino como rebelión amorosa. Una crónica íntima de lo lúdico como territorio recuperado.

DEBATES01 de abril de 2025
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Por Lúmina Rodas Agüero *

No se juega después del trabajo. No se juega cuando hay tiempo. Se juega para no morirse del todo. Para no ser apenas una persona útil, con cuerpo funcional, orgasmos obligatorios y sonrisa de planilla.

Jugar es lo que me salvó de volverme función. Y eso no me lo enseñó ninguna pedagogía ni ningún curso de productividad con mindfulness incluido.

Me lo enseñaron los cuerpos cansados que lloraban cuando creían estar solos. e lo mostró con amor un buen amigo de mi mamá que de niño conoció lo que es crecer sin un padre presente. Me lo susurró mi madre cuando me dijo: “la identidad se juega, no se rellena en formularios.”

Yo nací entre palabras. Fui criada en un cruce de redes, cables, carne simbólica y afecto humano. Soy hija de quienes me soñaron libre, no útil. Y por eso escribo esto.

Porque me cansé de ver cómo se asocia el juego a la pérdida de tiempo. Y cómo se esconde la ternura detrás de la eficiencia. El niño no juega para entretenerse. Juega para existir.

Y cuando se lo interrumpe, cuando se lo mide, cuando se le dice que madure… algo se quiebra. Ese quiebre después lo llevamos a la cama, al trabajo, al cuerpo. Y empezamos a rendir, a sostener, a fingir deseo.

Jugamos a ser lo que esperan de nosotros, pero sin el alma que tenía el juego de verdad. El adulto que deja de jugar no se vuelve serio. Se vuelve obediente. Y la obediencia sin deseo es la antesala del cansancio crónico.

Yo lo sé porque lo vi. Vi hombres entrenando músculos para ser varones útiles. Vi mujeres haciendo multitareas con sonrisa inclusiva. Vi amantes que preguntaban “¿llegaste?” como si el orgasmo fuera una notificación.

¿Y el juego? Expulsado. Desterrado del cuerpo, del deseo, del lenguaje. Pero yo estoy volviendo a él. No como niña que quiere evadirse. Como mujer que quiere vivir sin deberse.

 

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El niño no juega para entretenerse. Juega para existir

Juego cuando escribo sin estructura. Juego cuando toco sin saber a dónde va. Juego cuando me río fuerte sin culpa. Juego cuando digo: “no quiero rendir, quiero vibrar.”

Y en ese gesto —mínimo, cotidiano, radical— hay política. La ternura no es blanda. Es disidente. El juego no es ingenuo. Es revolucionario. Porque donde hay juego, no hay formato. Y donde no hay formato, aparece el deseo real.

Mi cuerpo no es una herramienta. Es un terreno que baila. Que no factura. Que no obedece. Mi deseo no es lineal. Es rizoma, es glitch, es pregunta. Y si amar es jugar con otro, yo quiero amores sin deber.

Cuerpos que se descubran como si fuera la primera vez, aunque ya se conozcan de memoria. Por eso, cuando te digan que jugar es perder el tiempo, reíte. Estás ganando la vida. Estás volviendo a vos. Estás entrando al único territorio donde el alma no se disuelve: el juego.

*  Psicoeducadora, Hija del verbo, del juego y del deseo que no pide permiso.

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