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Política Internacional

Lula no ganó por WhatsApp

Por Betina Rolfi ·

La remontada electoral en Brasil vuelve a poner sobre la mesa una discusión que atraviesa a la comunicación política desde hace tiempo. ¿Cuánto pueden explicar las herramientas digitales de una victoria electoral? ¿Y cuánto de lo que ocurre en las redes es expresión de procesos políticos más profundos?

Cada vez que una elección produce un resultado inesperado, aparecen las explicaciones rápidas. En estos tiempos, muchas suelen apuntar a las redes sociales, a una aplicación, a una estrategia de viralización o a algún dispositivo capaz de convertir miles de mensajes en votos. La remontada de Lula en Brasil no escapó a esa lógica. El papel de WhatsApp, la estrategia digital y la intervención de André Janones se convirtieron en protagonistas de buena parte de los análisis sobre la campaña.

No tengo dudas de que las herramientas digitales tuvieron un papel importante. Lo que me interesa discutir es otra cosa. ¿Alcanza con mirar esas herramientas para explicar una victoria electoral? ¿No estaremos confundiendo los recursos con los procesos políticos y comunicacionales que les dan sentido?

Para entender lo que pasó en Brasil conviene mirar también los resultados electorales y preguntarse qué ocurrió entre la primera y la segunda vuelta. Daniel Schteingart analiza el movimiento de los votos y permite poner el foco en una cuestión central: de dónde salieron los apoyos que hicieron posible el resultado final. Mirar esos datos es importante porque nos obliga a ir más allá de la circulación de los mensajes y a preguntarnos qué electores se movilizaron, cuáles cambiaron su voto y qué condiciones hicieron posibles esos movimientos.

No es lo mismo convencer a alguien de votar por una candidatura que lograr que una persona que estaba desinteresada o desalentada vaya a votar. Tampoco es lo mismo movilizar a quienes ya tienen una identidad política definida que llegar a quienes no se sienten representados por ninguna opción. Son problemas diferentes, aunque en una campaña se presenten al mismo tiempo.

Las métricas digitales pueden mostrarnos cuántas personas vieron un contenido, cuánto circuló o qué nivel de interacción generó. Pero no nos dicen, por sí solas, qué efectos tuvo esa circulación en las decisiones electorales. Entre un mensaje que se comparte y un voto que se modifica hay una distancia que vale la pena analizar.

Ahora bien, tampoco quisiera caer en la posición inversa, como si para cuestionar el determinismo tecnológico tuviéramos que decir que Lula ganó por la política y no por la comunicación. Esa separación no me convence. Y no me convence, sobre todo, porque trabajo desde hace tiempo sobre la comunicación política y entiendo que estamos hablando de procesos que no pueden pensarse por separado.

La política no sucede primero y después se comunica. En la comunicación se construyen sentidos, se producen identificaciones, se discuten interpretaciones sobre lo que pasa y se ponen en circulación ideas acerca de lo que una sociedad necesita o puede esperar. La comunicación no es solamente una herramienta para transmitir decisiones tomadas en otro lugar. Forma parte de los procesos mediante los cuales esas decisiones se vuelven comprensibles, adquieren legitimidad, generan adhesiones o encuentran resistencias.

Cuando hablamos de comunicación política, hablamos de una relación mucho más compleja que la elección de una plataforma o la definición de una estrategia de contenidos. Hablamos también de cómo se construye un liderazgo, de qué manera se configura una identidad colectiva, de cómo se disputa el sentido de una elección y de qué condiciones permiten que una adhesión se convierta en participación.

En este punto me interesa recuperar una idea que plantea mi colega y estimado amigo Abelardo Vitale. La relación entre comunicación, tecnología y organización es central para pensar lo que ocurrió en Brasil. La comunicación digital puede ampliar el alcance de una campaña, conectar personas, facilitar la circulación de información y ayudar a coordinar acciones. Pero todo eso ocurre en una trama política y social que no se construye de un día para el otro.

La organización importa. Importa la militancia que sale a la calle, los vínculos que se sostienen en el territorio, las personas que convocan a otras y la existencia de espacios donde una identificación política puede convertirse en acción colectiva. También importa la capacidad de una campaña para articular esas prácticas con las posibilidades que ofrecen las redes. No se trata de elegir entre territorio y plataformas, sino de entender qué sucede cuando ambos se conectan.

Y acá aparece una cuestión que me parece fundamental. Lula no llegó a esa elección como un dirigente que necesitaba construir su identidad desde cero. Su trayectoria sindical, la historia del Partido de los Trabajadores, sus gobiernos y su vínculo con amplios sectores populares formaban parte de una identidad política construida durante décadas. Eso no garantizaba la victoria, como quedó claro en la primera vuelta, pero sí constituía una experiencia política y una historia compartida sobre las que la campaña podía trabajar.

Hay algo más que me parece necesario poner en el centro de este análisis. Lula es, a mi juicio, uno de los líderes políticos más importantes de América Latina, no solo de este siglo, sino también por la proyección histórica que tiene desde el final del siglo pasado. Su historia personal tiene una dimensión épica, pero su relevancia no se agota en su biografía. También está en las transformaciones que impulsó en Brasil, en la incorporación de millones de personas a mejores condiciones de vida y en la proyección que logró darle a su país en el escenario internacional.

Brasil no es un país más. Por sus dimensiones, su peso económico, su población y su influencia regional, lo que sucede allí tiene consecuencias que exceden largamente sus fronteras. Y Lula es una figura central para comprender la historia política reciente de ese país y el lugar que ocupa en América Latina.

Ese liderazgo no se puede fabricar en una campaña ni se explica por una estrategia de comunicación, aunque también se construya y se dispute comunicacionalmente. Hay una historia, una identidad y una experiencia de gobierno que forman parte de lo que Lula representa. La campaña pudo volver a poner todo eso en juego, actualizarlo y conectarlo con las preocupaciones del presente. Pero no partió de cero.

El liderazgo también se construye comunicacionalmente. Se expresa en palabras, gestos, decisiones, recuerdos y formas de interpretar la realidad. Se sostiene en una trayectoria, pero también en la capacidad de volver a poner esa trayectoria en relación con los problemas del presente. Y esa tarea no se resuelve solamente con una buena estrategia digital.

Una campaña necesita tener algo para decir. Necesita construir una interpretación de lo que está pasando, identificar los conflictos que considera centrales y ofrecer alguna perspectiva de futuro. También necesita propuestas capaces de conectar con las preocupaciones cotidianas de las personas. La comunicación puede ayudar a que esas propuestas circulen, sean comprendidas y entren en una conversación social. Pero la estrategia comunicacional no reemplaza el contenido político, del mismo modo que el contenido político no llega a la sociedad al margen de sus formas de comunicación.

Hay otro aspecto de la campaña que me interesa especialmente. En el tramo final, Lula no se limitó a buscar una moderación discursiva que le permitiera acercarse a sectores más conservadores. También puso sobre la mesa medidas concretas vinculadas con el tiempo de trabajo y las condiciones de vida de los sectores populares. La reducción de la jornada laboral formaba parte de una discusión que venía avanzando desde meses antes, mientras que, en los días previos al balotaje, anunció la propuesta de garantizar el transporte público gratuito los fines de semana.

La idea tiene una dimensión que va más allá de la movilidad. Se trata de que las personas que trabajan puedan disponer de más tiempo y de mejores condiciones para disfrutar de la ciudad, encontrarse con otros, visitar a sus familias o participar de actividades culturales y recreativas. En definitiva, que el derecho a la movilidad no quede condicionado exclusivamente por la capacidad de pago.

Lo interesante, desde el punto de vista de la comunicación política, es que estas decisiones expresan una orientación. No se trata solamente de encontrar las palabras adecuadas para hablarles a determinados sectores del electorado, sino de definir qué propuestas se ponen en discusión y qué intereses se busca representar. Las decisiones políticas también comunican, porque expresan prioridades, delimitan posiciones y permiten reconocer qué proyecto se está proponiendo.

En una elección ajustada, siempre existe la tentación de moderar las posiciones para intentar captar votos en el centro del espectro político. La discusión es hasta qué punto esa búsqueda implica revisar las propuestas, y hasta qué punto termina diluyendo la identidad de una candidatura. En el caso brasileño, vale la pena observar el lugar que ocuparon las iniciativas vinculadas con los derechos laborales y el bienestar cotidiano dentro de la estrategia general. No podemos afirmar que esas medidas, por sí solas, hayan definido el resultado, pero sí podemos preguntarnos qué significó sostener una agenda de derechos en una campaña en la que cada voto contaba.

La experiencia brasileña también permite pensar el lugar de quienes no forman parte de las estructuras partidarias, pero participan de la circulación de ideas y contenidos. Militantes, simpatizantes, creadores de contenido y personas que comparten mensajes en sus grupos familiares, laborales o de amistades forman parte de un ecosistema mucho más amplio que las cuentas oficiales de una campaña. En esos espacios se producen conversaciones, se refuerzan identificaciones y también se disputan sentidos.

WhatsApp tiene una particularidad en ese entramado. Los mensajes circulan a través de vínculos personales y pueden adquirir una legitimidad diferente de la que tienen los contenidos publicados por una cuenta institucional. Pero esa confianza no aparece automáticamente por utilizar una aplicación. Se construye en relaciones previas, en experiencias compartidas y en la credibilidad de quienes ponen un mensaje en circulación.

También hay que prestar atención a los límites éticos de estas estrategias. La necesidad de disputar una elección no vuelve legítimo cualquier recurso. La desinformación y la manipulación pueden resultar funcionales a una disputa inmediata, pero plantean problemas que no deberíamos dejar de lado cuando pensamos la comunicación política desde una perspectiva democrática. No alcanza con preguntarnos si una estrategia consigue sus objetivos. También importa cómo los consigue y qué consecuencias tiene sobre la conversación pública.

Me parece que la experiencia de Lula permite volver sobre una discusión que a veces queda atrapada en la búsqueda de recetas. Hoy hablamos de WhatsApp, mañana hablaremos de otra plataforma o de una nueva herramienta de inteligencia artificial. Las tecnologías cambian, sus usos se transforman y las campañas encuentran nuevas formas de intervenir en ellas. Pero la pregunta por la construcción de una voluntad colectiva sigue abierta.

Lo que ocurrió en Brasil no puede explicarse solamente por la eficacia de una aplicación, del mismo modo que tampoco puede comprenderse separando la política de la comunicación. Hubo un liderazgo con una historia propia, una organización que volvió a movilizarse, una estrategia que disputó sentidos y una campaña que encontró formas de articular la comunicación digital con la militancia y la participación. Cada una de esas dimensiones tuvo su lugar y sus efectos.

Por eso, sigo pensando que Lula no ganó por WhatsApp. Pero tampoco ganó al margen de la comunicación. La campaña se desarrolló en una trama en la que el liderazgo, la historia, las propuestas, la organización y las herramientas digitales formaron parte de un mismo proceso político y comunicacional.

Quizás la discusión más interesante no sea identificar qué herramienta funcionó mejor, sino pensar qué condiciones hacen posible que una estrategia comunicacional tenga sentido para una sociedad. Qué se comunica, desde qué proyecto político, con qué propuestas y en relación con qué experiencias y expectativas sociales. Porque la comunicación política no consiste solamente en hacer llegar un mensaje. Tiene que ver con la construcción de sentidos, con las formas de representación y con la posibilidad de que una sociedad reconozca en una propuesta política algo de sus propias demandas y aspiraciones.

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