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Viernes 9 de octubre de 2026

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Análisis

La convalidación del error: Líderes que gobiernan bajo injurias

Los nuevos retos en el mundo acercaron propuestas, en algunos casos desconocidas y otras que parecían haber quedado lejos de volver a ponerse en práctica. Lo interesante es que nadie previó que el avance para, posteriormente, combinar las dos cualidades —desconocido y antiguo— terminaría por concretarse en un grave error político.

Por Gastón Landi ·
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Se llegó a acusar a un niño con autismo de ser un «militante K», exponiéndolo públicamente a la difamación.

Los Mandatarios elegidos por el pueblo pusieron en valor ese hecho para simbolizar un nuevo contrato social que convalida cualquier disposición del poder de turno. La  pregunta que nos interpela es si realmente los gobiernos trabajan por el bien común o solo distraen para evitar que sus engaños electorales caigan. 

En los distintos sitios donde prevalecieron las nuevas ideas ante el desmoronamiento de la política estéril e inerte, resultado en muchos casos del desborde estatal, la consumación del enojo dio un salto muy grande. El mensaje de la versión más extremista ganó su lugar y, poco a poco, fue insertándose en el seno de las sociedades  modernas, que además tienden a normalizarlo. Estados Unidos, bajo la presidencia de  Donald Trump, ha demostrado desde su asunción que el programa político que se  encuentra a vista de todos es el del señalamiento y la tensión. Por una parte, tiende a proponer peleas al mundo mediante su política de arancelamiento, de la que no se salvó ningún país; pero, a su vez, cada tanto lanza algún embate sobre alguna figura. Uno de los casos más resonantes e incluso con cierta ridiculez es el que propició contra la cantante  juvenil Taylor Swift, de quien dijo: “¿Alguien notó que, desde que dije ‘¡ODIO A TAYLOR SWIFT!’, ella ya no está ‘DE MODA’?”. Algo que, desde ya, no tiene ningún sentido dado que la cantante sigue vigente y su fama aún se encuentra intacta con la  fidelidad de sus seguidores. Pero causó mucha atención entre los estadounidenses, en el  mismo sentido que la investigación que prometió el presidente contra la artista Beyoncé  por un presunto cobro por su aparición en la campaña de Kamala Harris. 

En Argentina, por su parte, el actual presidente también parece estar en la misma sintonía. De hecho, replica una estrategia ya vista en el exterior, emulando las tácticas de  Donald Trump, y ha lanzado varias acusaciones, burlas y todo tipo de ataques a diferentes  celebridades del mundo del espectáculo. Tal es el caso de la cantante Lali Espósito, a  quien apodó como «Lali Depósito», aludiendo a que cobraba dinero del Estado por sus shows en otros gobiernos. La artista María Becerra también fue blanco de  cuestionamientos y ataques por expresarse públicamente sobre temas sociales y políticos,  generando una ola de reacciones en su contra.

Más recientemente, el actor Ricardo Darín también fue objeto de difamación generalizada por expresar su descontento con el elevado  precio de una docena de empanadas, un comentario que desató una campaña de ataques  en su contra. Pero la escalada en Argentina de este tipo de hechos aumenta día a día, a tal  punto que la política solo reproduce optimismo económico con pocas palabras, pero a su  vez concentra la mirada de la prensa y la gente en temas totalmente innecesarios. Los seguidores afines al gobierno incrementan la cuestión, atacando y difamando tanto a aquel  que expresa un descontento como a aquel que ni siquiera habla de política. Un caso  reciente en este tema fue el uso de la imagen del futbolista Diego Maradona, utilizada  mediáticamente para hacer política del escándalo bajo la leyenda “Maradona es Milei”,  lo que causó un fuerte enojo en una de sus hijas, quien recordemos se encontraba bajo el  juicio por la muerte de su padre. 

La lista es aún más extensa, con niveles alarmantes que provocan sorpresa y zozobra, tal como se observa en la actual visión sobre la discapacidad. En un hecho particularmente perturbador, incluso se llegó a acusar a un niño con autismo de ser un «militante K», exponiéndolo públicamente a la difamación. De todo, solo vemos un  discurso especulativo y optimista que rellena la seudo-esperanza de miles de argentinos  que aún siguen estancados en el camino. Solo se ven vestigios de ataques y condenas en  el recalcitrante horizonte de las redes, donde los mandatarios suelen hacer de bufones a  lo largo del día. Una Argentina cada vez más limitada al diálogo, a la praxis política de  la gestión y al universo de las buenas costumbres que deja la educación. Nos encontramos sitiados por oradores de la impericia y la barbarie, que proponían venir a cambiar el  sistema para no ser como los de antes.

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