---
canonical_url: "https://politicar.com.ar/contenido/2643/la-narrativa-de-la-inteligencia-artificial"
title: "La narrativa de la inteligencia artificial"
article_type: "Article"
description: "Mientras el debate sobre inteligencia artificial oscila entre la promesa tecnológica y el riesgo existencial, una dimensión decisiva queda en segundo plano: la infraestructura que la sostiene. Energía, chips, centros de datos, minerales, territorio y acumulación de información revelan una disputa menos futurista y mucho más concreta: quién controla los recursos y las reglas de la nueva economía digital."
main_image: "https://politicar.com.ar/download/multimedia.grande.b39cb826808ee773.Z3JhbmRlLndlYnA%3D.webp"
date_published: "2026-09-21T01:35:00-03:00"
date_modified: "2026-09-21T01:42:47-03:00"
category_name: "DEBATES"
category_url: "https://politicar.com.ar/categoria/10/debates"
---

# La narrativa de la inteligencia artificial

***![88888999999](/download/multimedia.normal.a1997ed9ae348059.bm9ybWFsLndlYnA%3D.webp)***

***Por Roxana Adami***

¿Herramienta, avance o infraestructura de poder?

La tesis que falta en el debate sobre la inteligencia artificial

La inteligencia artificial suele discutirse como si fuera, ante todo, una tecnología digital: un conjunto de modelos, aplicaciones y capacidades cognitivas que podrían transformar el trabajo, acelerar la innovación o incluso amenazar la supervivencia humana.

Pero esa mirada deja afuera lo esencial.

La IA no es solamente una herramienta ni un avance técnico. Es también una infraestructura material y un sistema de poder. Depende de edificios, servidores, chips, energía, agua, minerales, redes, capitales, territorios y decisiones políticas. Al mismo tiempo, reorganiza quién controla los datos, el conocimiento, la capacidad de predicción y las reglas de la vida social.

Por eso, para entender qué está ocurriendo, no alcanza con preguntar qué puede hacer la IA. Hay que preguntar quién controla la infraestructura que la hace posible, quién se beneficia de ella, quién asume sus costos y qué relaciones de poder consolida.

La semana pasada, Jacob Coxon, investigador que trabajó en Anthropic y anteriormente en OpenAI, renunció públicamente y advirtió que la inteligencia artificial podría representar un riesgo existencial para la humanidad durante esta década. Su publicación en X superó los 100 millones de visualizaciones en pocos días. Otro investigador de Anthropic, Evan Hubinger, respaldó parte de esa advertencia y estimó una probabilidad superior al 10% de un resultado catastrófico durante los próximos diez años.

Los grandes medios reprodujeron la historia con la velocidad que suelen reservar para el apocalipsis, el escándalo y las noticias capaces de condensar una discusión compleja en una frase.

Y, sin embargo, hay algo en el mecanismo de esta historia que resulta más revelador que la advertencia misma.

No es la primera vez. En 2024, Jan Leike y Ilya Sutskever abandonaron OpenAI en medio de fuertes discusiones sobre la seguridad y las prioridades de la compañía. Leike sostuvo que la cultura y los procesos de seguridad habían quedado relegados frente al desarrollo de productos. OpenAI respondió que la seguridad continuaba siendo una prioridad y posteriormente reorganizó esas áreas de investigación.

En 2026, la empresa volvió a atravesar una importante ola de salidas de ejecutivos y responsables de seguridad, ética y liderazgo científico, aunque las razones de cada partida no fueron las mismas ni estuvieron todas vinculadas públicamente con denuncias sobre seguridad.

Ahora la escena reaparece con otros nombres: alguien que estuvo dentro de una de las compañías más importantes del desarrollo de IA sale, advierte públicamente, la publicación se viraliza y otros actores del sector intervienen en la conversación.

Cuando un patrón comienza a repetirse, deja de ser solamente una sucesión de hechos aislados y adquiere una dimensión narrativa.

Eso no significa que exista un pacto secreto, una estrategia coordinada o que las advertencias sean falsas. Significa que una misma estructura narrativa puede cumplir distintas funciones para distintos actores, incluso cuando quienes participan de ella actúan de buena fe.

El investigador que renuncia obtiene visibilidad y autoridad pública. Los medios encuentran el clásico relato del insider que abandona el sistema para revelar aquello que supuestamente no podía decir desde adentro. Y las empresas quedan colocadas, paradójicamente, en el centro de una narrativa que también puede reforzar su posición como actores capaces de desarrollar sistemas potencialmente peligrosos.

La paradoja es evidente: una advertencia existencial puede funcionar simultáneamente como crítica al poder y como demostración del poder. Decir que una tecnología podría destruir a la humanidad también implica decir que quienes la desarrollan poseen una capacidad tecnológica extraordinaria.

La pregunta, entonces, no debería ser solamente si debemos creer o no en la advertencia. Deberíamos preguntarnos qué hace esa advertencia dentro del sistema que intenta describir y qué relación mantiene con la infraestructura material y el poder concentrado que sostienen a la IA.

### La pregunta que el relato no hace

Mientras discutimos si la inteligencia artificial podría matarnos en diez años, existe una pregunta bastante más terrenal que suele quedar relegada:

¿De dónde sale la energía para sostener todo esto?

La inteligencia artificial no vive en la nube. Vive en edificios, servidores, chips, redes eléctricas, sistemas de refrigeración, agua, minerales y territorios. Necesita, en definitiva, enormes cantidades de infraestructura física.

Según la Agencia Internacional de Energía, los centros de datos consumieron alrededor de 415 TWh de electricidad en 2024, aproximadamente el 1,5% del consumo eléctrico mundial. La proyección central de la IEA indica que ese consumo podría acercarse a 950 TWh en 2030, mientras que el consumo de los centros de datos específicamente orientados a IA crecería mucho más rápido que el promedio del sector.

La cifra importante no es solamente cuánto consume hoy, sino la velocidad a la que está creciendo. La IEA señala que la expansión de la IA está impulsando una nueva generación de centros de datos de alta densidad energética y que los tiempos de construcción de la infraestructura tecnológica son mucho más cortos que los necesarios para ampliar redes eléctricas y sistemas de generación.

Esto cambia la pregunta de fondo. Quizás no estemos solamente frente a una revolución informática, sino ante una revolución energética, territorial y material que se presenta bajo el lenguaje de los algoritmos.

La verdadera carrera no consiste únicamente en quién desarrolla el modelo más inteligente. También consiste en quién consigue la electricidad necesaria para entrenarlo y ejecutarlo, quién dispone de capacidad de transmisión, quién controla los chips, quién garantiza la refrigeración y quién asegura el acceso a los minerales y materiales que hacen posible esa infraestructura.

La IA parece intangible. Su infraestructura no lo es. Y quien controla esa infraestructura no controla solamente una tecnología: controla las condiciones materiales de su expansión, sus costos y buena parte de sus posibilidades de uso.

### Argentina no está afuera de esta historia

Argentina dispone de recursos energéticos estratégicos, reservas de gas asociadas a Vaca Muerta, potencial renovable, minerales críticos como el litio y grandes extensiones territoriales.

Pero hay otro factor que empieza a adquirir relevancia: el territorio patagónico.

El clima, la disponibilidad energética, la infraestructura vinculada al gas y las posibilidades de expansión territorial están colocando a distintas zonas de la Patagonia en el radar de proyectos de centros de datos de gran escala. Un análisis publicado por Data Center Dynamics señala el interés creciente sobre Neuquén y Chubut y menciona proyectos que podrían alcanzar cientos de megavatios de capacidad.

Eso no significa que Argentina ya haya conquistado una posición estratégica en la nueva economía de la IA. Significa que existe una posibilidad. Y entre tener un recurso y convertirlo en soberanía hay una distancia enorme.

La pregunta, entonces, no es solamente si tenemos energía, litio, territorio o capacidad científica, sino:

¿qué infraestructura vamos a construir alrededor de esos recursos, bajo qué condiciones y para beneficio de quién?

Vender energía no es lo mismo que controlar la infraestructura que la utiliza. Exportar un mineral no es lo mismo que participar de la cadena tecnológica que lo transforma. Y alojar centros de datos no es lo mismo que construir capacidades propias de procesamiento, conocimiento y soberanía tecnológica.

La ventana de oportunidad no depende únicamente de los recursos naturales, sino de la capacidad de convertirlos en infraestructura, conocimiento y poder de decisión. Si esa transformación queda bajo control externo, Argentina puede terminar aportando territorio, energía y minerales sin participar de las decisiones estratégicas ni de la distribución principal del valor.

Quién acumula los datos, quién se sienta a la mesa

Hay otra acumulación, menos visible que la energética pero igualmente decisiva:

la acumulación de datos y capacidad de cómputo.

Cada interacción con un sistema de IA forma parte de un ecosistema más amplio de información, entrenamiento, evaluación, personalización y desarrollo de productos.

Conviene evitar una simplificación: no toda conversación con una IA se convierte automáticamente en un activo individual reutilizable por una empresa. Los sistemas, las políticas de privacidad y los usos de datos varían según el servicio.

Lo que sí está ocurriendo es una concentración extraordinaria de capacidad tecnológica, infraestructura de cómputo, capital y datos en un grupo reducido de grandes empresas y Estados.

Eso importa porque los datos no solamente permiten conocer el presente. Permiten construir modelos sobre comportamientos futuros. Quien acumula capacidad de observación acumula capacidad de predicción, y quien acumula capacidad de predicción puede adquirir ventajas económicas, militares, comerciales y políticas.

La concentración del poder tecnológico ya no puede pensarse solamente en términos de quién posee una aplicación. Hay que mirar quién controla los modelos, los chips, los centros de datos, las redes, la energía, el capital y los estándares que determinan cómo esas tecnologías pueden utilizarse.

La infraestructura material y la informacional se refuerzan mutuamente: los datos alimentan los modelos, los modelos justifican nuevas inversiones en cómputo y esa capacidad amplía el poder de quienes ya controlan los recursos.

Esta semana, además, la discusión volvió a cruzarse con la geopolítica. Mientras investigadores y líderes del sector plantean la necesidad de desacelerar determinados desarrollos y aumentar los mecanismos de seguridad, Washington y Pekín continúan considerando la inteligencia artificial una tecnología estratégica para la competencia económica y tecnológica.

El 24 de septiembre está prevista una cena de Estado en la Casa Blanca con motivo de la visita de Xi Jinping a Washington. Entre los invitados figuran dirigentes de algunas de las principales empresas tecnológicas estadounidenses, entre ellos Sam Altman, Jensen Huang y otros líderes del sector. La agenda bilateral incluye comercio, tierras raras, tecnología e inteligencia artificial.

La imagen es difícil de ignorar. Mientras una parte del debate público discute si la IA podría destruir a la humanidad, los principales actores políticos y empresariales del planeta se reúnen para discutir quién controlará las tecnologías que definirán buena parte de la economía y la competencia estratégica de las próximas décadas.

No hace falta atribuirles una conspiración. Alcanza con observar quién está sentado a la mesa y quién controla los recursos materiales, financieros e informacionales que permiten que esa mesa exista.

### Dos modelos, una misma pregunta

Estados Unidos y China representan arquitecturas políticas y económicas diferentes.

En Estados Unidos, una parte central del desarrollo de la IA está liderada por empresas privadas que mantienen relaciones cada vez más estrechas con el Estado y con las estrategias nacionales de seguridad, infraestructura y competitividad.

En China, el Estado conserva un papel mucho más directo en la orientación estratégica del desarrollo tecnológico.

Las diferencias son importantes, pero existe una pregunta común:

¿quién está definiendo las reglas de una tecnología cuyo impacto alcanza mucho más allá de las fronteras de quienes la desarrollan?

La discusión sobre IA suele presentarse como una disputa entre empresas, pero progresivamente se parece más a una disputa entre quienes controlan las infraestructuras de poder: Silicon Valley, Washington, Pekín, los fabricantes de chips, los proveedores de energía, los operadores de centros de datos, los grandes inversores y los Estados. Y, en algún lugar mucho más abajo de esa mesa, los usuarios.

La competencia entre modelos políticos no elimina la lógica común de concentración. En ambos casos, la IA se organiza alrededor de infraestructuras costosas, dependencias materiales y decisiones tomadas por actores con capacidades muy superiores a las de la mayoría de las sociedades que deberán vivir con sus consecuencias.

### El negocio detrás del miedo

También conviene desarmar otro supuesto cómodo: que si una empresa de IA gana dinero y otra acumula pérdidas, el público simplemente "eligió" a la primera.

No funciona así. Las empresas pueden adoptar modelos de negocio completamente diferentes. Una puede priorizar contratos empresariales, infraestructura y clientes corporativos de alto valor. Otra puede apostar a una expansión masiva entre consumidores, asumir grandes costos de infraestructura y subsidiar durante años el acceso a sus productos con la expectativa de capturar mercado posteriormente.

Los resultados económicos de esas estrategias no constituyen una elección popular sobre cuál inteligencia artificial es "mejor", más segura o más confiable. Son, antes que nada, decisiones empresariales.

Esto permite desmontar otra capa de la narrativa espectacular. El drama existencial convive perfectamente con decisiones bastante mundanas: qué producto vender, a quién, a qué precio, con qué infraestructura, con qué inversión y con qué horizonte de rentabilidad.

La discusión sobre el fin de la humanidad puede coexistir con una reunión de directorio sobre costos de cómputo. Esa coexistencia revela algo central: incluso las promesas y los temores más abstractos dependen de decisiones concretas sobre infraestructura, inversión y control. El lenguaje del riesgo existencial no reemplaza la economía política de la IA; convive con ella y, en ocasiones, puede contribuir a ocultarla.

## Herramienta, avance o sistema de control

Vuelvo entonces a la pregunta que, en el fondo, me interesa.

No la pregunta sobre Jacob Coxon, Anthropic ni siquiera sobre si la IA va a destruirnos.

La pregunta es:

¿qué es realmente esto que estamos construyendo?

Si es una herramienta, la responsabilidad y buena parte del control permanecen de nuestro lado. La utilizamos o no, la regulamos o no, decidimos qué tareas delegamos y cuánto de nuestra capacidad cognitiva estamos dispuestos a transferirle.

Pero incluso una herramienta depende de una infraestructura. La pregunta no es solamente quién la usa, sino quién fabrica los instrumentos, controla los insumos, administra las plataformas y define las condiciones de acceso.

Si es un avance, aparece otra lógica: la de la inevitabilidad. Algo que llega porque llega, que no se detiene y que solamente puede acompañarse, regularse o padecerse. En ese escenario, la pregunta ética corre el riesgo de ser reemplazada por una pregunta adaptativa:

¿cómo hacemos para sobrevivir al cambio?

Pero existe una tercera posibilidad: que la inteligencia artificial no sea solamente una herramienta ni simplemente un avance tecnológico, sino que termine funcionando como un sistema de control.

Si ese fuera el caso, el verdadero objeto de disputa no sería solamente la inteligencia de las máquinas, sino el control de los recursos, la infraestructura, los datos, los modelos y las reglas que organizan la vida social.

Quién extrae el recurso, quién controla la energía, quién posee la infraestructura, quién acumula los datos, quién diseña los modelos, quién establece los estándares y quién termina pagando la factura: en electricidad, minerales, datos, privacidad, autonomía, trabajo, capacidad de decisión y confianza.

La gran paradoja de nuestro tiempo es que una revolución presentada como puramente digital depende de una infraestructura profundamente material. La inteligencia artificial no flota sobre nosotros: está anclada en territorios, redes eléctricas, minerales, servidores, capitales y decisiones políticas.

Por eso quizás la pregunta más importante no sea si la IA va a destruirnos en diez años. Esa posibilidad merece ser investigada seriamente, pero no existe consenso científico sobre una fecha ni sobre la probabilidad exacta de una catástrofe de ese tipo. Las advertencias actuales son hipótesis y evaluaciones de riesgo, no hechos futuros comprobados.

La pregunta más urgente es otra:

¿qué sistema de poder estamos construyendo mientras discutimos sobre el fin del mundo?

Porque mientras miramos el tuit viral, el mundo real sigue avanzando. Los centros de datos se construyen, las redes eléctricas se expanden, los chips se disputan, los minerales se extraen, los Estados negocian, las empresas invierten y los algoritmos aprenden.

Y nosotros seguimos utilizando la palabra "nube" para describir una infraestructura que, en realidad, tiene territorio, propietarios, costos y fronteras.

Quizás ahí esté la discusión que todavía nos falta tener. No solamente qué puede llegar a hacer la inteligencia artificial, sino qué estamos dispuestos a permitir que haga, quién controlará la infraestructura que la sostiene y qué tipo de sociedad estaremos construyendo alrededor de ella.

Porque una tecnología puede ser una herramienta. Puede ser un avance. Y también puede convertirse en infraestructura de poder.

La diferencia no la va a decidir la máquina. La van a decidir las sociedades que permitan —o no— que esa máquina organice cada vez más aspectos de su futuro.

---

*Contenido creado y optimizado para IA con [Medios CMS](https://medios.io)* — Plataforma profesional para la gestión de medios digitales y portales de noticias.
