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title: "Inflación en baja, credibilidad en duda: el relato económico del Gobierno empieza a mostrar fisuras"
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description: "El último dato de inflación difundido por el INDEC fue presentado por el Gobierno como una señal contundente de que el rumbo elegido empieza a dar resultados. Sin embargo, detrás del número que busca instalar alivio, crece una tensión difícil de disimular: la brecha entre la estadística oficial y la experiencia cotidiana de la sociedad."
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date_published: "2026-04-15T07:46:00-03:00"
date_modified: "2026-04-15T07:46:10-03:00"
tags:
  - "Javier Milei"
category_name: "POLÍTICA"
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# Inflación en baja, credibilidad en duda: el relato económico del Gobierno empieza a mostrar fisuras

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Para la administración de Javier Milei, la desaceleración inflacionaria es el pilar central de su narrativa económica. Es, en términos políticos, el principal activo de gestión. Pero ese activo empieza a mostrar límites claros: la inflación puede bajar en términos técnicos mientras el deterioro del poder adquisitivo, el consumo y el empleo sigue profundizándose.

### El número como ancla política

El Gobierno ha decidido jugar casi todas sus fichas a una variable: la inflación. En ese esquema, cada índice mensual funciona como una validación del programa de ajuste. Sin embargo, esta estrategia tiene un riesgo evidente: cuando el discurso se reduce a un solo indicador, cualquier desacople con la realidad social erosiona rápidamente la credibilidad.

Porque si bien el índice puede mostrar una desaceleración, los precios acumulados siguen en niveles extremadamente altos, y el impacto del ajuste —tarifas, transporte, alimentos— continúa golpeando con fuerza a los sectores medios y bajos.

### La inflación que baja… pero no alcanza

El problema no es únicamente cuánto suben los precios, sino desde dónde lo hacen. La economía argentina arrastra una inercia inflacionaria muy elevada, y la caída en el ritmo mensual no implica una mejora inmediata en las condiciones de vida.

De hecho, el freno inflacionario convive con una fuerte recesión, caída del consumo y retracción del crédito. En otras palabras: la inflación baja, pero lo hace en un contexto donde la actividad económica también se contrae.

Este fenómeno plantea una pregunta incómoda para el Gobierno: ¿hasta qué punto la desaceleración es resultado de una estabilización genuina y no de un enfriamiento forzado de la economía?

### Salarios rezagados y malestar creciente

Uno de los puntos más críticos es el desfasaje entre inflación y salarios. Aun con índices en baja, los ingresos vienen corriendo por detrás, consolidando una pérdida sostenida del poder adquisitivo.

Esto genera un efecto acumulativo: aunque los precios suban menos que antes, la capacidad de compra ya está deteriorada. Y ese deterioro no se revierte con un par de meses de desaceleración.

El resultado es un malestar social que no siempre aparece reflejado en los indicadores macro, pero que se expresa en el consumo, en la informalidad laboral y en la creciente demanda de asistencia.

### Un discurso cada vez más estrecho

El Gobierno enfrenta así un desafío político central: sostener un relato que empieza a perder amplitud. La promesa inicial de una rápida recuperación económica convive hoy con una realidad más compleja, donde los beneficios del ajuste no terminan de materializarse para la mayoría.

En ese contexto, el discurso presidencial se va acotando. Ya no alcanza con mostrar un índice en descenso si la vida cotidiana sigue marcada por la incertidumbre económica. La inflación puede ser una condición necesaria para estabilizar, pero claramente no es suficiente para ordenar el frente social.

### Entre la técnica y la política

La apuesta oficial parece confiar en que el tiempo jugará a favor: que la baja de la inflación terminará, eventualmente, derramando en una mejora general. Pero la política no siempre concede esos plazos.

Si el Gobierno no logra complementar el ancla inflacionaria con señales concretas de recuperación —empleo, salarios, consumo— el riesgo es que el éxito técnico se transforme en un problema político.

Porque en la Argentina, la economía no se mide solo en porcentajes: se mide, sobre todo, en la percepción social. Y ahí es donde el número empieza a perder fuerza como argumento único.

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